Mi mapa del sendero

La terapia cognitivo conductual cabe en una sola frase. Aplicarla cuesta años. Esto es lo que me funcionó.

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Mi mapa del sendero

Cuando llevas años perdido en las mazmorras del pánico, lo único que pides es un mapa. Da igual que sea uno feo, mal dibujado o lleno de tachones. Solo quieres saber por dónde se sale.

Mi mapa lleva un nombre técnico: terapia cognitivo conductual. Suena a algo solemne, complicado, lleno de tecnicismos. La realidad es que cabe en una sola frase.

Enfrenta tu miedo. Una y otra vez. Hasta que deje de ser miedo.

Eso es todo. En serio. Lo difícil no es entenderlo, sino hacerlo. Y es MUY difícil cuando el pánico te atenaza.

Por qué funciona

Imagina que vas a tirarte en paracaídas por primera vez. Estás en el borde del avión. Tu cuerpo entra en pánico legítimo: no hemos evolucionado para saltar al vacío, así que el cerebro hace exactamente lo que tiene que hacer. Corazón a mil. Adrenalina disparada. Náuseas. Manos temblando. Sudor frío. La cabeza gritándote ¿pero qué carallo estás haciendo?

Saltas.

La segunda vez, los síntomas son menores. La quinta, manejables. Pregúntale a alguien con quinientos saltos a sus espaldas qué siente al tirarse, y te dirá que casi nada. Saluda y se lanza. Su cerebro ha aprendido que esa situación, por extraña que parezca al sistema nervioso, no lo va a matar. La ha catalogado como mundana.

Eso es exactamente lo que hace la TCC con tu miedo. Exponerte a él, de forma controlada y repetida, hasta que tu cerebro lo recalibra. No se trata de razonar con el miedo. El miedo no escucha razones; intentar razonar con él lo alimenta. Se trata de demostrarle al cerebro, con hechos, que la situación temida no es peligrosa.

Por eso es tan importante el verbo: enfrentar, no evitar. Si te aterra encontrarte solo en el bosque, hay que ir al bosque y quedarse solo. Si te aterra el AVE a Madrid, hay que coger el AVE a Madrid mañana. Si te aterran los gérmenes y limpias compulsivamente, hay que dejar la casa sin limpiar unos días. Cada vez que evitas, le confirmas a tu cerebro que el peligro era real. Cada vez que enfrentas, le enseñas lo contrario.

El pulso

En mi caso, el miedo central era un ataque al corazón. Especialmente haciendo deporte. Así que mi cerebro había desarrollado una solución brillante: tomarme el pulso a todas horas. Si iba lento, no me iba a morir.

¿Cuánto era lento? Pues depende. Algunos días 60 era tranquilizador. Otros, si estando sentado lo notaba a 70, ya creía que algo iba mal. Durante un ataque de pánico recuerdo llegar a 100 mientras seguía una llamada de trabajo y me lo tomaba sin parar. ¿Y si bajaba a 50? Entonces era tan lento que también iba a morirme.

¿Existe alguna relación clínica conocida entre tomarte el pulso en el sofá y predecir un infarto? No. Lo que había era una vigilancia enferma, con reglas cambiantes, siempre al servicio del miedo. Una compulsión.

Mi terapia, en ese frente, era de una sencillez brutal: dejar de tomarme el pulso. Un día. Dos. Tres. Aceptar la incertidumbre, porque era esa intolerancia a la incertidumbre la verdadera raíz del problema. Yo necesitaba saber, a cada segundo, que todo estaba perfectamente bien. Y el cuerpo no funciona así. Nunca lo ha hecho. Nadie tiene esa certeza.

Cada vez que me tomaba el pulso, le estaba diciendo a mi cerebro: este órgano es peligroso, vigílalo. Cada vez que conseguía no tomármelo, le decía lo contrario: no pasa nada, sigue con tu día. El mensaje que reciba tu cerebro depende de tus actos, no de tus pensamientos.

Esto lleva tiempo

¿Cuánto tardé en vivir sin tomarme el pulso? Tres.

Tres días... No. Tres años.

Lo digo sin adornos porque creo que es una de las cosas más útiles que puedo compartir. Los libros de autoayuda venden la idea de que esto se resuelve en seis sesiones. Algunos manuales hablan de doce semanas. No miento si te digo que se puede mejorar mucho en ese tiempo. Pero reformatear de verdad un cerebro que lleva años funcionando con miedo no es cuestión de semanas. Es cuestión de años de práctica, recaídas, ajustes y vuelta a empezar.

También es cierto que cuanto mejor te apliques, antes lo conseguirás. Yo no he sido el mejor estudiante.

Y cabe recordar otra cosa: una vez consigas atajar esa primera compulsión, es posible que otros miedos salgan a la luz. Según aparezcan, tendrás que ir uno a uno, siempre enfrentándote a ellos. Siempre siguiendo la regla de oro.

La buena noticia es que lo vas a conseguir. La menos buena es que vas a necesitar paciencia. Mucha. Y si en algún momento alguien te dice que en tres semanas estás curado, sospecha.

Si estás en ello

Si hay algo que no quieres hacer porque te da miedo, porque te genera ansiedad, porque temes lo que pueda pasar: hazlo. Con calma, con un terapeuta que te acompañe si puedes, en pasos del tamaño que toleres, pero hazlo. No hay otro camino. Ese es el mapa entero.

Si te interesa profundizar, aquí cuento por qué tratar de razonar con la ansiedad no funciona, y aquí, por qué rendirse a las sensaciones es justo lo contrario de ceder ante ellas.

Cuéntame en los comentarios cuál es tu miedo. Y si ya lo enfrentaste, cuéntame cómo lo hiciste. A veces leer cómo lo hizo otro es lo que necesita alguien para empezar.

Un paso, y otro, y otro. Así, eventualmente, llega el Morgenrot.

Un abrazo.

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