En la ansiedad, rendirse es luchar

En la ansiedad, cuanto más luchas, más te hundes. La paradoja que tardé años en entender: la única victoria posible es dejar de pelear.

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Y allí, en la ceniza, finalmente se rindió.
Y allí, en la ceniza, finalmente se rindió.Foto: Imagen generada con OpenAI

Contempló los copos de ceniza que caían del cielo. Continuaban su silenciosa e incesante descarga contra la tierra. Como las plumas de cuervo de una suave almohada que se utiliza para ahogar a una víctima dormida.

"Estamos condenados", pensó. Tras él, los koloss detuvieron su marcha, esperando su orden silenciosa. "Ya está. Todo va a terminar".

Comprenderlo no fue algo agobiante, sino suave, como un último tentáculo de una vela moribunda. De repente supo que no podían luchar, que todo lo que habían hecho a lo largo del último año había sido inútil.

Elend cayó de rodillas. La ceniza le llegó hasta el pecho. Tal vez este era un último motivo por el que había querido regresar caminando. Cuando los otros estaban cerca, sentía la obligación de mostrarse optimista. Pero solo podía enfrentarse a la verdad.

Y allí, en la ceniza, finalmente se rindió.


Este oscuro pasaje pertenece a la trilogía Mistborn de Brandon Sanderson, una serie de novelas que me han hecho redescubrir la fantasía. Y, aunque a primera vista no tenga nada que ver con la ansiedad, esconde una de las lecciones más importantes que cualquier sufridor de pánico puede recibir. Lo digo después de años atrapado en ese agujero, y de haber salido.

La escena nos muestra una dualidad. Por un lado, la oscuridad: la ceniza ahoga el mundo y presagia su fin. Por otro, la calma profunda que encuentra Elend al dejar de luchar. Esa segunda capa es la que nos interesa.

Fijémonos en una frase clave: todo lo que habían hecho a lo largo del último año había sido inútil. Elend lleva un año luchando sin tregua para descubrir, en mitad de la ceniza, que ese esfuerzo no ha servido para nada.

Casi podemos sentir la desesperación, el ansia, las garras de la ansiedad estrechando su pecho durante ese año entero en que ha luchado por salvar su mundo. Una lucha en la que todo lo que ganó fue sufrimiento, nerviosismo, certeza catastrófica de que el mundo llegaría a su final si dejaba de luchar.

Y llega entonces la revelación: "Estamos condenados [...] Ya está. Todo va a terminar". Comprenderlo no fue algo agobiante, sino suave [...]. De repente supo que no podían luchar.

En ese instante, Elend entiende que el destino no negocia. Que ya está escrito, y que haga lo que haga no va a cambiarlo. Y, paradójicamente, todo el sufrimiento que cargó durante un año se desvanece. Ya no hay nada que defender. Solo le queda la paz de haber hecho lo que pudo.

Aquí llega el contraste más bello de esta historia, y la razón por la que escribo este post. En Elend, la realización lleva al fin. En nosotros, los sufridores de pánico y ansiedad, una rendición como esa hace exactamente lo contrario: barre toda la ceniza y devuelve el aire limpio, los colores y la vida de esta preciosa esfera azul que tenemos la fortuna de habitar.

Me asombra cómo la escena traza con tanta precisión la delgada línea entre esa prisión en vida, compactada bajo el peso de la ceniza de nuestra mente ansiosa, y la esperanza que nos lleva al Morgenrot. Al otro lado.

Nuestra lucha interna, especialmente en forma de pensamientos recurrentes, es la principal fuente de combustible para el pánico. Si no recurrimos constantemente a esos "¿Y si...?", el pánico no puede dominarnos. Imagínate un pozo de arenas, o de ceniza, movedizas. Cuanto más luchas, más te hundes. Tanto es así que si luchas sin cesar acabarás llegando precisamente a esa escena apocalíptica de oscuras cenizas asfixiando todo aire y color de tu mundo.

Pero tal como hace Elend, solo debes hacer una cosa. Solo una. Un simple acto.

Has de rendirte. Sin condiciones. Sin peros. Una rendición definitiva.

Una vez llegas a ese punto, las garras que te atenazan empiezan a soltarse y la persona que eras comienza a emerger de nuevo, mejorada por la resiliencia que has mostrado en estos días aciagos. El cambio es tan profundo que muchos lo describimos como magia o milagro. Pero no es más que el resultado natural de un cerebro que, poco a poco, deja de recibir señales de peligro. Una vez aceptas tu sino, ¿qué más puede ponerte en peligro?


En Morgenrot cuento una escena de este tipo en la bellísima zona alpina de Cuera, en la Suiza oriental. Pero no fue la única. Necesitarás dominar esta técnica, aceptar todo lo que pueda pasarte, y repetirla miles de veces, hasta salir de ese infierno negro al que tu propio cerebro te ha arrastrado.

Recuerdo otra, mucho anterior, de mis dorados días en Granada. Subí por primera vez al Veleta para esquiar la zona alta de Sierra Nevada. Nada más coger el arrastre y ver cómo la montaña dominaba la vista, robándole espacio incluso al cielo, sentí ese revoltijo en el estómago tan familiar. Solo podía pensar en bajarme. En parar. No iba a ser capaz de esquiar semejante coloso.

Cuando llegué arriba me temblaba todo. Y así seguí mientras esquiaba las primeras pendientes suaves, que no sé si son una oferta de calentamiento o más bien la burla de la montaña hacia quien osa desafiarla.

Todas las sensaciones se intensificaron al llegar al punto en que la pista parecía dejar de existir, dando paso a diminutos puntos oscuros sobre la nieve un kilómetro por debajo de mí. Tan exagerada era esa pendiente. Sentí que iba a vomitar y desfallecer.

Fue entonces cuando me dije: en fin, solo hay una forma de salir de esta. O bajas, o te quedas aquí arriba. Y como por arte de magia, todas esas sensaciones se esfumaron, y comencé a bajar en una mezcla de calma y excitación impresionante.

No era una persona con ansiedad en ese momento, pero te ayudará ver cómo la ansiedad se presenta en muchas formas, y cómo al final solo hay una manera de vencerla e impedir que crezca dentro de nosotros. Ir a por ella. Aceptar que puede pasar cualquier cosa e ignorar esos síntomas que quieren alejarnos de un peligro inexistente. Y si algo pasa, al menos habremos vivido de pie.


¿Y tú? ¿Tienes algún momento ceniza en tu vida? ¿Estás preparad@ para proponerte ir a por todas y, cuando la ansiedad venga en su forma más dura, simplemente sentarte y dejarla estar? Si es así, felicidades. Has dado un paso más en el Sendero Morgenrot.

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