Cuando la ansiedad quiere volver

La ansiedad no merece un segundo de duda. No debemos dejarla volver o darle voz. Debemos mantenernos firmes y mostrar que nosotros dominamos nuestra vida.

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En el andén, como en la ansiedad, siempre hay dos direcciones. Una hacia la tormenta, otra hacia la luz.
En el andén, como en la ansiedad, siempre hay dos direcciones. Una hacia la tormenta, otra hacia la luz.Foto: AI Generated image (openAI)

Llevaba semanas ya lejos de sus fauces. Feliz, sereno, disfrutando la vida otra vez. Y precisamente entonces, cuando uno baja la guardia convencido de que el peor capítulo ha quedado atrás, la ansiedad recuerda que sigue ahí.

Se acercaba una semana de vacaciones en la costa holandesa. Dunas, bicicleta, tranquilidad. Me estaba preparando para disfrutar de una tarde apacible en casa, esos escasos momentos de soledad que tanto valoramos a mediana edad, cuando llegó el imprevisto: un tren retrasado obligaría a mi mujer a llegar a su destino pasadas las diez de la noche, para levantarse al alba y enfrentarse a una jornada maratoniana antes de volver a casa y preparar las maletas.

Lo que debía hacer era evidente. El coche la llevaría en cuarenta minutos. Para mí era hora y media, no más.

Lo interesante no fue la decisión. Lo interesante fue cómo llegué a ella.

Cuando se lo comuniqué en el andén, no lo hice tranquilo ni sereno. Lo hice enfadado. Con ese nerviosismo antiguo, reconocible, que creía haber dejado muy atrás. Y mientras el tren seguía sin llegar, la pregunta emergió con su nitidez habitual: ¿Seré capaz de volver solo en el coche sin que la ansiedad aparezca? ¿Justo ahora, con las vacaciones a un día?

No era el coche. No era la hora y media. Era la incertidumbre. El ¿y si? de siempre, con otra ropa.

Solo podía hacer una cosa. Respirar, tomar la maleta y caminar hacia el coche.

Lo que siguió no fue heroico. Fueron unos minutos de conversación interna, esa que tantos de nosotros conocemos demasiado bien, seguidos de algo mucho mejor: la carretera, la noche, y una conversación con mi mujer que convirtió el imprevisto en uno de los mejores ratos de esa semana. No hay spa que dé eso.

En el mundo alternativo, el de quien se queda en el andén esperando que alguien más resuelva el problema, lo que hubiera esperado era muy distinto. Una noche encarcelada en dudas. Unas vacaciones empezadas con el lastre de no saber. Porque la ansiedad no castiga con lo que ocurre, sino con lo que podría haber ocurrido si hubieras saltado.

Y saltar fue fácil esta vez. Fácil por cinco años de práctica, sí. Pero el mecanismo es el mismo la primera vez que la décima. Si saltas, si la enfrentas, das un paso hacia la luz. Si obedeces a sus órdenes, la oscuridad gana un palmo más.

Por eso recuerda esta regla: cuando la ansiedad quiera dictar tu camino, elige el contrario. Siempre el contrario.

Esa brújula, al final, es la que señala el nuevo día.

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