Desde que comencé el Sendero Morgenrot, siempre hay una época del año que me trae ciertos recuerdos y presiones. El invierno.
Otoño e invierno han sido siempre mis estaciones favoritas. El invierno, el blanco prístino, húmedo y refrescante de la nieve, el silencio místico que genera al absorber los sonidos de los bosques de coníferas vestidas con sus galas más puras.
*Image by Greg Reese from Pixabay
Desde que tengo uso de razón, aprender a esquiar fue siempre mi mayor sueño. Probablemente el más antiguo que me ha acompañado. Recuerdo ver competiciones de esquí de todo tipo en la televisión, siempre soñando cómo era estar sobre esos esquíes, bajo esas gafas protectoras, disfrutando de la caricia del gélido viento y de las espectaculares vistas desde las cumbres nevadas. Uno de los recuerdos que siempre me acompaña son los mundiales de esquí alpino que tuvieron lugar en Sierra Nevada, Granada, que debieron aplazarse un año por falta de nieve.
Recuerdo cómo dos décadas después, ya trabajando en el radiotelescopio de 30m de IRAM, situado en las mismísimas pistas de esquí de la estación granadina, pude cumplir mi deseo. Especiales recuerdos guardo de un día de nieve virgen, descendiendo por mi primera y única pista negra, haciendo eslalon y disfrutando como nunca con mi compañero Frederik, por la pista en la que, en aquellos mundiales, Alberto Tomba, tras haber llamado a Granada "África" por la suspensión primera del evento, se bañaba de oro tras una exhibición histórica en el eslalon.
Tras ello, creí que esquiar sería parte de mi vida para siempre. Y lo fue... Hasta que la ansiedad, Grima, llegó a mí.
Mi primera experiencia invernal en la nieve vino apenas semanas después de que Serpiente sitiara mi mente. Cuento esta historia con todos sus detalles en la primera parte de El Sendero Morgenrot. Habíamos subido al monte para disfrutar de una copiosa nevada en Heidelberg. Un año antes yo me había ido horas de carretera solo con Alma para disfrutar de un día de trineo en la Selva Negra. Fue un día maravilloso cuyos recuerdos plasmados por cámara adornan hoy nuestras paredes. Pero esta vez no fue igual.
Con la ansiedad todo cambió. Cada vez que fuimos a usar el trineo yo llegaba azorado por las dudas internas. ¿Sería mi corazón capaz de mantenerse? ¿Sería demasiado esfuerzo? ¿Iba muy rápido? ¿Muy despacio? ¿Estábamos muy lejos de casa? Nunca desde ese año pude volver a disfrutar de la nieve. Y como bien supondrás, menos aún pude volver a esquiar. El pavor de verme en un telesilla, el pavor de respirar más de la cuenta, de sufrir un ataque en medio de la estación me ha bloqueado por años.
Por ello, este domingo 4 de enero de 2026 llegó un momento muy especial. Me había propuesto ir con Alma a patinar sobre hielo. Cuando se lo propusimos, no lo pensó ni un momento. Estaba claro que quería ir y que íbamos a ir.
No había marcha atrás. Grima apareció de nuevo. No habló mucho, pero vino con todos esos síntomas. Estómago revuelto, pecho, palpitaciones, mareos... La ansiedad lo tenía claro. No era momento de ir a patinar sobre hielo. No, no, no.
Pero no había vuelta atrás. No iba a privar a Alma de ello. Así que nos dirigimos a la pista de patinaje. El camino lo hice bajo todos los síntomas posibles de la ansiedad, pero tenía muy claro que no había otra opción. Había que ir.
Llegamos, nos pusimos los patines y mis síntomas de mareo, pecho y estómago se intensificaban al máximo. Pero me calcé los patines y entré a patinar. A cada momento el pánico atizaba más y más fuerte. Según me alejaba de la entrada a la pista, incluso más. A mitad de la primera vuelta, mientras me tomaba un respiro en el borde, me dije a mí mismo que saldría al acabar la primera vuelta, que ya era suficiente.
Llegó el momento de pasar por la entrada. El calor era asfixiante a pesar de que estábamos a bajo cero. Mi certeza era que ese calor procedía de un posible ataque al corazón, ya que mi cabeza volaba y mi pecho martilleaba. Iba a salir. Pero en ese momento algo se reveló en mi interior. ¿Otra vez? ¿Año nuevo y todo sigue igual? No, amigo, no. Este año va a ser distinto. Vamos a seguir. Esto es lo mismo de siempre.
¡Quédate aquí y patina!
Y así lo hice.
El júbilo se apoderó de mí instantáneamente. El calor asfixiante se había convertido en sudor por el movimiento. Abrí la chaqueta dejando que el aire me acariciara. ¡Las fauces del terror se convirtieron en una sonrisa imborrable! Notaba las palpitaciones y Grima quería que me tomara el pulso, pero yo no lo necesitaba. No. Estaba bien. Patinar requiere su esfuerzo y con tanta ropa todo ello era normal. ¡Pude disfrutar de esos latidos en mi pecho como cuando entrenaba en serio! Por hora y media pudimos disfrutar del hielo como una auténtica familia. Fue un momento único. De una belleza y un significado emocional enorme. ¡Por primera vez en 5 años volvía a disfrutar de un deporte de invierno!
Todos nos fuimos con tanta energía que incluso por la noche fuimos a Luisenpark, en el vecino Mannheim, a pasear por un parque nevado lleno de esculturas lumínicas y disfrutar de la noche.
Pero no solo se acabó ahí. Dos días después, hoy por la mañana, nos despertamos con una nevada tremenda en Heidelberg. Una alfombra de perfecto blanco en el suelo. Sin pensarlo nos dirigimos al monte. Caminamos y lo subimos hasta la cima, disfrutando de cada paso, de cada toma de aliento, de cada copo de nieve, del frío, del calor, del esfuerzo, de todo.
Pero la vida nos guardaba aún otro regalo. Otra muestra de que este año será el que me traiga de vuelta a la vida. Hoy disfruté de la nieve y el otro día del hielo pero... ¿Y el esquí? ¿Será este el año? Se lo comenté a Manon y decidimos no esperar más.
Escribo estas líneas justo tras haber reservado habitación de hotel a pie de pista para este fin de semana.
Como ves, mi resolución de este año está clara. Afrontar, afrontar y afrontar. No dejar que la ansiedad me tome de nuevo. Voy a recuperar todas esas sensaciones y situaciones que la ansiedad me quitó. Y lo haré con total decisión. Porque esta es mi vida y este es mi Morgenrot.
Y esto es solo un caso más que es el mío, porque muchísimas personas siguen el mismo camino para liberarse de las garras de la ansiedad y el miedo. Afrontan, afrontan y afrontan. Arremeten una y otra vez contra las puertas de esa antigua fortaleza que está ahora atrancada por sus versiones de Grima.
Pero las puertas se abrirán. Cuando les hayamos dado tantas veces que los goznes no aguanten más, se abrirán y recuperaremos nuestra vida.
Pero cuando entremos veremos que no será la misma vida que fue, sino que con la fuerza y resiliencia que hemos ganado, nos habremos forjado una vida mucho más plena.
Sigue con ello. Y sígueme para leer más mientras esperamos a que El Sendero Morgenrot esté listo para ir a imprenta y ayudar a miles de personas.